El Taller de Krapp

A primera hora del vespre, en el futur.


¡Que se jodan!

Monólogo brechtiano
(El personaje entra. No mira al público: lo atraviesa. Habla como quien ya ha perdido la paciencia, pero conserva el pulso poético.)
Dos noticias, dicen. Dos.
Como si la crueldad viniera en raciones individuales, como si la injusticia se pudiera servir en tapas.
Pero bueno, aceptemos el juego.
Primera noticia:
una mujer asesinada en una redada de esas que llaman “patrióticas”,
como si la patria fuera un arma y no un lugar donde vivir sin miedo.
El disparo, seco.
La versión oficial, más seca todavía.
La administración dice que ella intentó atropellar al miliciano.
Los vídeos dicen otra cosa.
Pero ya saben:
cuando la realidad molesta, se le da la vuelta como a una tortilla.
Y si se quema, que se jodan.
Total, la culpa siempre es de la víctima,
que no tuvo la delicadeza de morirse en silencio.
Segunda noticia:
una DANA arrasa, el agua se lleva casas, coches, certezas.
Y en medio del desastre, un consejo:
“Controla la comunicación, es la clave.”
No controlar el agua, no controlar la ayuda, no controlar el caos.
No.
Controlar el relato.
Que la gente no vea demasiado,
que no pregunte demasiado,
que no piense demasiado.
Y si alguien protesta, que se jodan.
Que para eso están los gabinetes de prensa,
para envolver la tragedia en celofán y venderla como gestión.
(Se acerca al público. Sonríe, pero no es una sonrisa amable.)
¿Ven el patrón?
Yo sí.
Y ustedes también, aunque hagan como que no.
En ambos casos —y en otros que vendrán, no se preocupen—
la crueldad no está solo en el hecho,
sino en la coartada.
En la mentira que se lanza como un salvavidas
para que flote el que manda
mientras se hunde el que sufre.
Porque aquí la verdad no importa.
La verdad es un lujo, un capricho, un adorno.
Lo que importa es salvar el culo.
El propio, claro.
El de los demás, que se jodan.
(Se detiene. Mira al público como quien revela un truco barato.)
Y lo más divertido —si es que queda humor en este circo—
es que siempre funciona.
Siempre hay quien se traga la versión oficial,
quien repite el eslogan,
quien señala a la víctima y dice:
“Algo habrá hecho.”
Y así, entre todos,
construimos un mundo donde la mentira es un derecho
y la víctima, un estorbo.
(Respira hondo. No para calmarse: para cargar el golpe final.)
Por eso este monólogo se titula “Que se jodan”.
Porque eso es lo que les dicen,
con palabras o sin ellas,
cada vez que manipulan un relato para justificar un disparo,
cada vez que maquillan un desastre para proteger un cargo,
cada vez que convierten el dolor ajeno en un trámite.
Y porque, mientras no cambiemos el guion,
mientras no rompamos esta obra mal escrita,
mientras sigamos aplaudiendo al verdugo y dudando de la víctima,
la frase seguirá resonando,
cruel, impune, cotidiana:
Que.
Se.
Jodan.



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